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lunes, 11 de enero de 2010

Los desvergonzados yerran

Por José Vidal


Publicado en Revista Contingencia n° 6. "Escándalo"
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El escándalo se nos ha tornado cotidiano desde que el aparato
mediático descubrió que es causa, a la vez, de espanto y de goce,
es decir, un resorte que provoca una exaltación sensual en la que
se mezclan el pudor, la repugnancia y también el placer inconsciente
que hace que el sujeto no se separe del televisor, se apasione
en la lectura del diario o la revista y se lance a ciertas formas
del consumo. Por supuesto, muchos, artistas, políticos,
deportistas, no vacilan en usar el recurso del escándalo para
atraer la atención del público sobre su persona.
La perspectiva freudiana del malestar en la cultura indicaba
que la supervivencia de la sociedad se logra a costa de la privación
del goce de los sujetos. Pero habría que señalar que en
mucho la sociedad se sostiene creando la ilusión de una forma
homogénea de gozar, válida para todos, y ocultando la singularidad
del goce de cada individuo que continúa existiendo. El escándalo
es, muchas veces, una forma de violencia ejercida sobre esa
ilusión, sobre el modo en que se sostiene el discurso del Otro en
la sociedad, en relación con la ética y sus límites y que denuncia
la hipocresía en la que el lazo social se asienta.
Que unos curas abusan de menores, que unos políticos se quedan
con coimas, que unas mujeres son infieles, que un juez es
homosexual, todo queda al descubierto por el alboroto que hacen
los amantes de la transparencia. ¡Que se vea, que se sepa!
Esa violencia es la que, por medio de la palabra o la imagen,
hace emerger, saca a la luz algo que estaba destinado a permanecer
en secreto. Como un guante vuelto al revés trae lo tapado
para afuera. Tradicionalmente, pero aún ahora, el secreto es ordenador de
lo social. Es un puro efecto de lenguaje, el secreto es estructurante:
ciertas cosas deben permanecer en silencio, unas palabras
no pueden ser dichas, algunas cosas no pueden ser tocadas, otras
no deben ser vistas, ciertos olores deben disimularse. Para ello
están los semblantes que actúan como un velo sobre lo real,
como una forma del olvido de ciertas cosas relacionadas al cuerpo
pero que, como lo reprimido, no desaparecen y por el contrario,
tienden a retornar y por eso hay que destinar siempre cierta
cantidad de energía para mantenerlas silentes.
Esto se emparenta en esencia con lo sagrado que, como lo ha
señalado Georgio Agamben, es aquello que es apartado del uso
común humano para quedar en la esfera de lo divino y, por lo tanto, mediante la prohibición, genera la dimensión de lo trascendente transformando las cosas corrientes en secundarias.
Son formas de hacer más soportable la vida.
El acto de la sacralización separa y el movimiento inverso, la profanación, el traer nuevamente aquellas cosas interdictas al uso humano, requiere también un acto simbólico.
Freud ha insistido sobre el tabú en las sociedades primitivas para indicar el carácter estructural de esa separación entre lo sagrado y lo profano para nuestro psiquismo. Pariente de esta
división es la separación en las sociedades patriarcales entre lo público y lo privado que en nuestros días presenta una tendencia muy manifiesta a desaparecer a partir de la increencia en los semblantes que produce el discurso de la ciencia.
Dentro de los tabúes que Freud pudo estudiar se privilegia el que pesa sobre la mujer que Freud examina en su memorable texto “El tabú de la virginidad”. Lacan, por su parte, hace un
avance importante en la cuestión al hacer notar la prohibición/maldición que pesa sobre el nombre mujer al indicar que sólo puede ser maldicha, que toda vez que se nombra a una mujer se la difama, usando la homofonía que se produce en francés entre diffame y dit femme, difamar y decir mujer. Y hay que notar la salida de la mujer a la vida social ha sido en la época moderna el asunto más escandaloso en la medida en
que representa la ruptura definitiva de la barrera que separaba lo público de lo privado, separación entre el goce, privado, y el significante que representa el eje padre, falo, logos.
Y notar también, especialmente en Argentina, que la presencia de la mujer en los lugares de poder no deja de provocar intranquilidad.
Si la profanación puede ser un acto simbólico, como lo plantea
Agamben, que restituye las cosas separadas para encontrar
nuevas posibilidades para el uso humano, el escándalo
mediático de nuestro tiempo no hace más reafirmar y cristalizar
el carácter de prohibido, de separado, de inalcanzable. 
Es lo obsceno.
El escándalo es ruido generalmente destinado a denunciar la
ley del padre pero de una manera superficial, ligada a la satisfacción
de aquel que puede, por un instante, burlarse de la
norma, denunciar la falsedad de los semblantes y, en nombre
de la verdad, mostrar la ficción de la autoridad. Pero no se trata de rebeldía. Por el contrario, es una operación en la que se reconoce su raíz perversa, cuyo destinatario no es la autoridad
en sí sino aquel que todavía cree en ella: el escándalo busca provocar
la emergencia de la ley, convocarla para, en su límite, causar
la división subjetiva del espectador: abochornar, hacer sonrojar,
provocar el pudor.
Sin embargo, habría que distinguir el escándalo de la vergüenza.
La vergüenza es signo de lo real, como lo indica Lacan en el
seminario 17, no de la verdad. Y por eso en el curso del análisis
es frecuente que nos sintamos avergonzados. Si el escándalo
apunta a desnudar la verdad, la vergüenza es lo que hace aparecer
lo real, lo que somos como sujetos marcados por el significante
en el nivel de la decisión entre la singularidad de nuestro
modo de goce y la identificación al significante como universal.
El escandaloso quiere demostrar que sabe, que está advertido,
que pudo ver por debajo de los velos que cubren la verdad. La
vergüenza a la que el psicoanálisis nos confronta es justamente
la imposibilidad de acceder a lo verdadero y, en cambio, nos permite
alcanzar cierto nivel de certeza respecto a lo real. Ese es el
sentido de la expresión lacaniana les non dupés errent, los desengañados
yerran. Los que creen que pueden prescindir de los
semblantes se equivocan porque no hacen más que crear nuevos
velos que nunca permiten el acceso a lo real.

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