José Vidal
El rehén, como lo fue el desaparecido, es representante de un estado de excepción: no está muerto, pero tampoco está vivo. Ha perdido los rasgos que le daban una identidad y experimenta una suspensión del sentido con el que se inscribe como sujeto en la trama social. Solo sirve para unos fines en los que no parece participar. Es sacado del circuito social de representaciones para tornarse un objeto virtual, incluso mediático en muchos casos.
No es la víctima en un sentido estricto. Su sufrimiento no es transmisible a los demás. "Me trataron muy bien" suele escuchárseles decir a muchos ex-rehenes. El rehén está en un espacio virtual, inexistente para lo social que podemos identificar a lo que Augé llama los no-lugares. La identidad que un sujeto tiene, su historia, su lengua, su profesión, no interesan, se congelan. Solo importa que siga cumpliendo su función de signo.
El rehén es un instrumento para el terror. Las víctimas, los verdaderos destinatarios de la operación, son los que son aterrorizados. El rehén es el objeto-signo destinado a causar la angustia en el Otro. La angustia en el Otro, paradigma de la época, es la operación perversa por excelencia. El rehén-signo es indicativo que no existe seguridad para nadie, que le puede pasar hoy a él pero mañana a nosotros o a nuestros hijos. El secuestrador es anónimo, no tiene rostro identidad ni nombre, pero está en todas partes y observa desde todos lados.
Ese panóptico es la clave del sistema del terror creciente en el siglo veintiuno.
A diferencia de la política, la situación del rehén no está destinada a dar sentido, se sitúa por fuera del sentido para causar una pura sensación, un estado afectivo. Los secuestros extorsivos actuales cumplen esa función sin el maquillaje ideológico que le querían dar antes las guerrillas. No hay sentido político sino pánico.
Como lo indica Virilio en "Ciudad pánico", se trata de la sincronización afectiva de la sociedad, todos sentimos a la vez el mismo afecto angustiado. Y de ello se Deva la epidemia de la forma clínica "ataque de pánico"
El secuestro extorsivo nos parece un sistema coherente en el que el estado privatiza el ejercicio del terror para ahorrarse asumir, como en otros tiempos, una maquinaria de exterminio formalizada.
Lo que Lacan llama S1, los referentes simbólicos de lo social, funcionan prohibiendo ciertas cosas y prescribiendo otras, con lo cual se establece la escena de lo social. Algo está a la vista y otras cosas quedan proscriptas, ocultas o reservadas a lo privado. El estado de excepción generalizada, como propone Agamben, es efecto de la caída de ese orden. Los S1 proliferan, cualquiera puede dictar la ley con el mecanismo del chantaje. Dame lo que quiero o te hago esto o aquello.
Esta multiplicación de agentes capaces de quitarnos algo hace desaparecer la localización del enemigo que se torna conspirativo, complotado. Está en todas partes y en ninguna. La red de corrupción, la intriga política, los intereses ocultos se tornan una trama rizomática de amenaza.
Unos guerrilleros toman a Ingrid Betancourt como rehén, pero también unos asaltantes toman a una familia, un presidiario secuestra virtualmente al hijo de una familia con su celular sin tomar contacto siquiera con él en lo que se llama secuestro express.
Quizá esta última sea la manera más evidente del estado de excepción en su articulación con los medios y la técnica. La desaparición de la escena política para dar lugar a un estado de chantaje generalizado en el que cualquiera puede tomar de rehén al otro para exigir lo suyo y a la vez puede ser tomado él mismo como rehén.
El corte de rutas y calles que toma a los habitantes de las ciudades como rehenes de empresarios, sindicatos o vecinos es notable en el último tiempo. La persona detenida en una ruta, en un aeropuerto o dentro de una institución ve suspendidas por un tiempo indeterminado y de manera sorpresiva todas las representaciones por las que se comporta en la vida. Estudiante, obrero, madre o profesional, su identidad, todo eso queda en suspenso, solo permanece su cuerpo como objeto de intercambio.
El estado de excepción empuja al chantaje como método político de la época.
El estado de suspenso, de desaparición del valor del rehén como sujeto entra bien en sintonía con la organización biopolítica de nuestro tiempo.
El rehén es un operador biopolítico porque solo vale como cuerpo, sin entidad simbólica. Ha desaparecido físicamente, no es un cadáver, no es una persona, es un objeto que sirve mientras está en estado virtual. En cuanto se transforma en cadáver pierde su valor y se torna un estorbo. Pero si es liberado produce una cierta repugnancia y rechazo. Su función política ha desaparecido y por lo tanto su estatuto de ciudadano.
Los medios son los más beneficiados por la operación. Agentes del capital, promueven el pánico conocedores del incentivo al consumo que implica ese espanto.
El rehén es testimonio del borramiento de la escena política, destruye los semblantes, para dejar el goce pulsional al desnudo, tiene algo de obsceno.
Crisis de la representación, decadencia del sujeto, gloria del objeto que se muestra en su desnudez. El rehén es objeto puro fuera de los intercambios de lo político.
Desaparece la escena como si en el teatro pudiéramos ver de pronto lo que ocurre entre bambalinas. El rehén muestra al desnudo lo que es como cuerpo, como resto, como objeto a. Betancourt, el jefe de una familia, un niño adorado, aparecen en su insignificancia, en su calidad de resto despreciable, de objeto resto para la negociación, económica y mediática.
Los psicoanalistas nos ocupamos particularmente de esto porque con el psicoanálisis intentamos reconducir la angustia de nuestra época en cada caso al significante que le dio origen y permitir al sujeto reconocerse allí en su singularidad y salir del circuito panicoso colectivo.
Calmar el pánico reconociendo el valor como ser simbólico de cada uno puede dar lugar a una decisión personal.
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