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lunes, 28 de febrero de 2011

Si hay escritura, hay lector



       José Vidal




El encuentro contingente y la cobardía pueden pensarse como escritura y lectura, es decir, reconocer las marcas de escritura y saber leerlas o negarse a hacerlo. Pongamos por ejemplo la escena del café de la película Las hierbas salvajes, de Alain Resnais[5]. Ella, Margueritte Muir, va a al encuentro del hombre, Georges Palet, que camina lentamente, lo alcanza, pasa a su lado, se adelanta, lo sobrepasa y  finalmente se vuelve y lo enfrenta. Nunca lo había visto antes en su vida, pero está absolutamente segura de que se trata de él y que si ella va al encuentro de ese hombre tremendo es porque que ha tocado en ella una cuerda desconocida. Es el hombre que, sin conocerla y por solo haber hallado su billetera extraviada, no ha dejado de llamarla, de convocarla, de buscarla y, en definitiva, de acosarla. Ella, decíamos, luego de pasarlo se vuelve y lo enfrenta, él al verla le dice sin más: entonces usted me ama. Ella hace un gesto como si le hubieran arrojado un vaso de agua helada en la cara, se ríe y se sonroja, se siente avergonzada y dice no. No, no, simplemente quería hablar, dice totalmente turbada.
Y esa actriz maravillosa que es Sabine Azema nos muestra claramente ese real que se pone en juego cuando uno está frente a su destino: hace falta coraje, cosa que a ella por cierto le falta en ese momento, para aceptar una cosa así, aceptar que el otro supo precisamente de qué se trata, del amor, del encuentro imposible del otro en medio de la multitud, la precisión de un cálculo de situación absolutamente intuitivo pero que acierta una probabilidad en un millón.
Jacques Lacan nos ha indicado muy bien que la depresión, con lo que se designa la tristeza tan generalizada en la época, no es otra cosa que una falla, un pecado incluso, (con lo que ratificamos nuestra tesis del sin, incluido en el sinthome) cobardía moral, la cobardía de aquél que renuncia a reconocerse en esas marcas de escritura que son su propio decir, lo que en su inconsciente se escribe. Es un giro de Lacan que nos lleva hacia una ética, la que llama del bien decir, o sea, una ética que implica reconocerse allí donde el inconsciente como escritura puede leerse[6].
“Pero no es un estado del alma es simplemente una falla moral, como se expresaba Dante, incluso Spioza: un pecado, lo que quiere decir una cobardía moral que no cae en última instancia más que del pensamiento, o sea, del deber de bien decir o de reconocerse en el inconsciente, en la estructura”
Reconocerse en el inconsciente, en la estructura, de eso se trata, y respecto a eso hay la opción, hacerlo o no, asumir eso con sus consecuencias o retroceder.
Y ocurre que muchas veces se elude esa responsabilidad, uno puede hacerse el tonto respecto a ese decir, en lugar de reconocerse, desconocer eso que dice del propio deseo y andar por la vida navegando en los desfiladeros del Otro.
La película de Resnais habla de eso que se reconoce apenas se ve porque estaba escrito y nos muestra también ese instante donde la cosa se decide, que puede ser la valentía de enfrentar eso que se lee allí o la cobardía, la renuncia a reconocerse en el propio decir.
Y ella, Margeritte Muir, en la película, quiere disimular eso que es certeza, quiere hacer pasar las cosas por el sentido común, quiere que lo banal de las costumbres disminuya la inmensidad de esa coincidencia, y por supuesto, disminuir también el impacto de las consecuencias de ese encuentro contingente.
En verdad es algo que nos pasa todo el tiempo, renunciamos constantemente, con el recurso a nuestra inserción en la cultura, a lo que sabemos, a lo que sabemos más allá de la vorágine del ruido de la civilización, de los hábitos, de las costumbres y sobre todo del consumo.
Podemos culpar a los medios de comunicación masiva y no nos equivocamos, es la era de los medios, pero en verdad se trata de esa cobardía, se trata de no querer saber lo que de todos modos sabemos y que, como de todos modos lo sabemos, retorna bajo la forma implacable de la culpa. La culpa, el pecado original, la herida que no cierra, el sin que propone Jacques Lacan,  y que es una escritura que no deja de aparecer cada vez que renunciamos a enfrentarnos con ese modo singular con el que nos hemos enfrentado a él, con el tratamiento que le hemos dado a esa culpa. Tal vez esa sea la metáfora de Las hierbas salvajes, los yuyos que crecen en las grietas del asfalto que cubre todo el mundo de la humanidad contemporánea, la maleza que no deja de insistir allí donde se trata de eliminarla, de olvidarla.
Y ella en el bar, nada más, hace que eso que es una epopeya parezca un simple encuentro amistoso para aclarar algunas cosas.
Es estupendo ver el back stage de la película donde ese bar es construido en cada detalle: cada lámpara, cada silla, cada banqueta, docenas de técnicos y operarios trabajan, serruchan, clavan, pintan, incansables para hacer de ese momento algo de una precisión inolvidable. Nos hace ver que Resnais no quería que su imagen fuera otra que la que imaginó para ese encuentro, no es que van a una calle cualquiera, a buscar un bar que más o menos se adapte a la historia y hacer la escena allí. No, todo es construido a propósito de la trama, de modo tal que el color rojizo que envuelve todo, el frío indiferente de los muebles, el estilo americano, tipo no-lugar, del bar que contrasta con esa pasión arrobadora, todo está pensado a propósito de ese momento en el que los dos se van a encontrar. Incluso, y esto es algo que no hay que descuidar, el detalle del andar de él al salir del cine, un andar lento, meditabundo, concentrado, que se acompaña en la película de la frase dicha por la voz en off, cuando salimos del cine, nada nos sorprende.
El andar espectral de él es logrado, en una toma que aparece después, cuando ella lo evoca, mediante una cinta corrediza, como la que se usan en los gimnasios, de modo que parece más que caminar flotar, desplazarse como un fantasma. Realmente él sale del cine donde se ha entregado a disfrutar de una película antigua, que le recuerda su juventud, el momento en que la vio por primera vez y sale del cine encerrado en sus pensamientos, absorto, envuelto en una magia que solo el cine permite y a la que Resnais rinde un homenaje sutil.
Se trata del momento en que el hombre está solo porque se ha entregado a su pasión, no ha ido con la esposa. La esposa sabe que él está en el cine, se lo ha dicho a la otra, a Margueritte Muir, y por eso Margueritte lo está esperando. La esposa sabía dónde ella podía encontrarlo y sabe también que es algo en lo que ella no puede acompañarlo, que es el momento en que el hombre está entregado a su meditación, a su solitario amor, el cine, pero que no es cualquier cine, sino el antiguo, de guerra, de amigos, de hombres, entregado a ese goce que la mujer no comparte y que ella ha comprendido, luego de una vida juntos, que no puede ni podrá compartir.
Y es algo que quizá debamos destacar porque es una observación que implica cierta diferencia entre hombres y mujeres. Hay otra escena anterior que insiste en esa idea, en la que él está a punto de hablar por teléfono con su todavía desconocida Margueritte y la esposa se aparece por el vano de la puerta y le dice ¿estás por hablar por teléfono? Sí, dice él, con la mujer de la que te hablé, la que perdió la billetera. Y ella dice lo que todos sabemos que va a decir, ¿a esta hora?
Marcelo Casarín en su primer libro, nos relata que solo podía escribir por las noches, cuando su esposa y sus hijas dormían, como si su inspiración solo encontrara cabida durante el reposo de la demanda de la mujer y esta experiencia parece repetirse para muchos.
No podemos dejar en referencia a esto evocar un poema de Yan Tsen-tsai transcrito por Kafka en una carta a Felice Bauer y citado por Piglia en El último lector:

En la noche fría, absorto en la lectura 
de mi libro, olvidé la hora de acostarme.
Los perfumes de mi colcha bordada en oreo
se han disipado ya y el fuego se ha apagado.
Mi bella amiga, que hasta entonces a duras penas
habría dominado su ira, me arrebata la lámpara
y me pregunta: ¿Sabes la hora que es?"

Como si hubiera algo, una función de traer de vuelta, de recuperar al hombre de su alejamiento del mundo, de hacerlo pisar el suelo. Y, como Sigmund Freud quería hacernos ver, la cultura lleva al hombre hacia las alturas y corre el riesgo de perderse en ellas, y para eso parece estar la mujer que lo llama de regreso. “Si no fuera por ti que siempre estás tirándome de la manga… “ decía James Joyce a su Nora Bernacle
Y acá Resnais nos hace ver en varios momentos de la película que la esposa parece estar destinada a traer al hombre de vuelta de su sueño y de su vuelo y la forma de hacerlo es pedirle que se ocupe de las cuestiones domésticas, que atienda la casa, los hijos y sus necesidades básicas.
 Ese caminar del hombre al salir del cine como flotando está cuidado en los mínimos detalles técnicos que el espectador casi no puede apreciar la intención de provocar ese momento. Georges sale del cine flotando, absorto en sus pensamientos y se va sin percatarse de nada, no salió buscándola a ella ni a nadie, algo de él se ha quedado dentro del cine. Margueritte lo mira andar así y por un instante ella también permanece absorta mirándolo, no se mueve, no lo llama, simplemente lo ve pasar a través de los vidrios que le dan una distancia nostálgica, como si ella también pudiera captar el goce de él respecto al cine, a ese mundo de fantasía y pudiera ella también, como puede la esposa, respetar ese momento de soledad. No olvidemos que ella es una mujer que vuela, que es piloto de avión.
Pero ocurre que si lo deja pasar lo pierde. Y entonces corre hacia él.
Es que no es cualquier cosa lo que ocurre allí en el bar, ellos por primera vez se hacen dóciles a su destino, eso que se ha ido escribiendo en el inconsciente de cada uno pero que está escrito como un jeroglífico, en pequeños signos, en señales imperceptibles que cada uno fue recolectando de la existencia del otro y que en ese momento precipitan.
Pero una cosa tenemos que decir respecto a lo que él, brutalmente, le dice, “entonces usted me ama” y es que no se puede volver atrás después de lo dicho. Es notable que aunque ella diga no, aunque ella retrocede unos pasos en ese momento y no asume lo que a todas vistas está allí de manifiesto, que él haya sancionado ese encuentro con el dicho Usted me ama, modifica radicalmente las condiciones de existencia de ambos, y ella ya no puede decir que no escuchó lo que escuchó y entre ambos se genera un compromiso enorme. Eso no se le escapa a Resnais que señala que esos dos que no se habían visto nunca antes podrían perfectamente ir del brazo, y pueden de hecho tratarse con absoluta familiaridad porque nada hay que lo impida, el mundo se ha hundido para dar lugar al amor, pero no solo como afecto, sino como compromiso simbólico.
Eso es algo que Lacan ha señalado siempre, lo dicho establece las condiciones del lazo social, lo dicho establece el compromiso, decir tu eres eso para mi  tiene consecuencias.
Pero volvamos a lo que nos interesa que es el punto en el que ella acepta.
Sí lo ama aunque no lo conoce, lo ama porque se da cuenta que él sabía de ella cuando la llamó insistentemente, muchas veces sin respuesta y sin esperanza. Incluso llegando al acoso ¿Y qué es lo que él sabe de ella, aún sin conocerla?
Alguien pierde la billetera ¿eso qué quiere decir? En el caso de Margueritte Muir no se trataba siquiera de un extravío, no se puede interpretar como lo hacía Sigmund Freud en Psicopatología de la vida cotidiana, aunque puede ser, que una moción inconsciente determinó que ella perdiera eso, un castigo por una culpa desconocida por el propio sujeto. En este caso se la robaron, con lo cual ella puede declararse inocente respecto a las consecuencias de eso, pude decir no lo busqué, simplemente sucedió. Es algo que hacemos todo el tiempo y a cada paso, desconocer lo que ahí está. Pero la conmoción que ella tuvo luego de que perdió su cartera a manos de un arrebatador es reveladora de que algo le indicaba.
Por su lado él, que encuentra la billetera en el suelo, en el estacionamiento, y que no sabe si ella la perdió o qué, puede declararse inocente también, fue abandonada allí, puede ser por un ladrón, pero también puede ser por la dueña y nada condujo sus pasos hacia la billetera más que el azar, la contingencia. En eso podemos decir que el conocimiento del modo de funcionar el inconsciente es para todos, todos lo sabemos aunque no queremos saberlo y muchas veces lo rechazamos por supersticioso. Freud mismo sabía de la proximidad del psicoanálisis con la superstición. Para la superstición la determinación es externa mientras que para el psicoanálisis es interna, pero ambos rechazan la idea del azar en el destino.
Resnais lo muestra de manera genial: repite varias veces la toma de la mano de él alcanzando la billetera. La billetera es roja, es claramente la billetera de un mujer y la mano se acerca primero y se retira, hay una vacilación, la mano podría retirarse y dejar la billetera donde estaba sin hacer más nada, como si supiera, el dueño de la mano, que si la agarra la suerte va a estar echada, que ya no habrá posibilidad de volver atrás en el camino de encontrarse con su destino. 
Es lo que Mallarmé nos muestra en su célebre poema Un coup de dés jamais n´abolirá l´hazar  y que Alain Badiou comenta de manera tan penetrante[7]: en medio del naufragio, arreciando la tormenta, se eleva la mano a punto de lanzar los dados, patentizando justo ese instante anterior a la vida y la muerte, el momento en que se decide el destino, perspectiva desde la que podría ser que el universo entero, en un efecto mariposa, cambie de sentido. 
Todo pensamiento emite una tirada de dados” es la frase final que rescata Badiou para señalar que la ética equivale a decidir en el punto de indecidible. “Del hecho de que “una tirada de dados jamás abolirá el azar” no estamos obligados a concluir en el nihilismo, en la inutilidad de la acción, y mucho menos en el culto gestionario de la realidad y de los vínculos ficticios que ahí pululan. Porque si el acontecimiento es errático, y desde el punto de vista de las situaciones no se puede decidir si existe o no existe, nos es posible apostar, es decir, legislar sin ley en cuanto a esa existencia. Al ser indecibilidad un atributo racional del acontecimiento, la garantía salvadora de su no ser, no hay otra vigilancia que transformarse al mismo tiempo, tanto por la angustia de la vacilación como por el coraje del fuera de lugar, en la pluma que “revolotea alrededor del abismo” y en la estrella “en la altitud quizá””.
Nos es posible apostar justamente porque es imposible estar seguros y es necesario el coraje de hacerlo por fuera de tiempo y lugar, más allá de la vacilación que acompaña a la angustia. Y entonces la mano aferra la billetera, supera la vacilación, asume con coraje la apuesta y con ese gesto comienza la trama de una tragedia que estaba de algún modo escrita, como si el gesto diera lugar al impulso anterior de encontrar algo en la vida que tenga sentido cuando los sentidos se han acabado.
De hecho él, en la escena anterior, ha cambiado la batería de un reloj que ya no camina y la pila nueva parece dar una renovada esperanza a algo que bien podría, como su vida, detenerse allí.
Resnais pone a una actor de alrededor de setenta años, tal vez su alter ego, pero que en la película se dice que tiene unos cincuenta, alguien que recién se está jubilando y para el que la vida se reduce cada vez más a las tareas domésticas que su mujer, eternamente joven, le deja encargadas,
 Y eso él lo sabe, sabe que su vida viene en bajada y que si se aferra a algo lo hará de un modo apasionado y sin medida, que si se agarra de esa billetera toda su vida va en ella. Es lo que ocurre habitualmente en el psicoanálisis y que regularmente los psicoanalistas desconocen, que cuando alguien solicita una análisis le va la vida en ello.
Vacila entonces Georges, pero toma la billetera y todo comienza.
Eso es lo que podemos rescatar, Lacan llama cobardía moral a  la depresión por ese instante en que el sujeto retrocede ante lo que sabe, ante esa escritura que le pertenece y que solo él está en condiciones de leer. Y el retroceso ante eso es poner en una especie de stand by todo lo que puede tener un sentido singular en la vida de alguien. De hecho se trata de una cuestión de vida o muerte y que la película lo menciona. Un jubilado, que ha dado lo que ha podido en la vida, que tiene sus hijos ya grandes, que no puede seguir trabajando porque la sociedad de alguna manera lo desecha, pero que él mismo se desecha, que él mismo no sabe seguir los signos, las pistas que le indican el camino de lo que el debe seguir. Y caer en la depresión, suicidarse incluso, es una salida posible si esa mano no se extiende hacia lo que le está indicado como su único camino que es el compromiso con su deseo inconsciente, con su sinthome.


[1] Milner, Jean Claude. Las inclinaciones criminales de la Europa democrática.
[2] Sinthome madaquin:  neologismo para decir Santo Tomás de Aquino, homofónico en francés. N.A.
[3] Lacan, Jacques. Sem. 23, Le sinthome, clase del 18 de noviembre de 1975, pagina 18.

[4] Freud Sigmund, La interpretación de los sueños. Obras Completas. Amorrortu Editores.
[5] Las Hierbas Salvajes Nombre original: Les herbes folles. Director: Alain Resnais. Francia, Italia, 15/07/2010

[6] Lacan, Jacques. Televisión.
[7] Badiou, Alain. El ser y el acontecimiento. Meditación 19, Mallarmé. Pag. 222. Bordes Manantial. Bs. As. 1999

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